Me gusta

Diariamente me tropiezo, en esa nueva Babel blanca y azul que es Facebook, con personas obsesionadas con ser (o parecer) “gustables”. No estoy claro de si esa palabra existe en nuestro español o si es uno de mis aportes a mi lengua materna pero estoy seguro de que todos me entendieron.

Son esos que  exhiben poses, miradas, gestos, brazos y mucho más. Si, amigos, que en Facebook me he tropezado con algunas cosas dignas de censura. Ellos intentan gustarnos desde sus fotografías y, para algunos, se convierte en una verdadera obsesión.

A veces no se trata de que busquen parejas o sexo, sino solo del hecho de ser reconocidos como personas lindas o atractivas, sin otro objetivo. Los hay quienes van cambiando de máscaras para agradar a uno o a otro, esos que hacen clic hoy en el “like” de la página de Paulina Rubio y la próxima semana en la de Joaquín Sabina sin explorar, verdaderamente, cuáles son sus gustos.

Están los otros, los que cuentan su nivel de éxito por la cantidad de “amigos” que tienen en su lista. No importa si nunca han compartido un par de minutos para agradecer la amistad o si ni siquiera pueden recordar el nombre de cinco de ellos. Se miran exitosos, deseados y gustados.

Al final, si dedicamos nuestra existencia a parecer agradables, si nos maquillamos de cool o simpáticos para lograr que esto ocurra, habremos perdido la esperanza de ser amados o queridos por lo que realmente somos.

Algunos de ustedes podrán llegar a la conclusión de que “el fin justifica los medios” y que, en una sociedad como la que vivimos, lo que verdaderamente importante es que nos quieran, no importa si, para eso, hoy tenemos que ser Marilyn Monroe y mañana Humberto Eco.

No habrán descubierto que, cuando tenemos ese relativo éxito manipulando a las personas, es difícil no sentir en el fondo un poco de desprecio por ellas, por la falta de inteligencia y de habilidad que los ha llevado a creerse el numerito que les hemos montado.

Después de todo somos como somos, pasados de peso o extremadamente delgados, extrovertidos o introvertidos, rubios, trigueños, chinos o negros. Cuando nos demos cuenta de que somos personas únicas, irrepetibles y con decenas de cualidades, habremos desterrado de nuestras vidas el imaginario botón de “like” o “me gusta” que Facebook nos ha instalado en el cerebro.

No importa que nuestra lista de amigos apenas alcance los 50 o que pasen meses sin que nadie nos haga una solicitud de amistad. No importa que nos sintamos la persona menos querida de todo el cyber espacio. Si hemos hecho bien la tarea, cuando todo eso suceda, aun nos querrá la persona más importante de nuestras vidas: Nosotros mismos.