Días de lluvia en Miami

Los días lluviosos en Miami no huelen igual que en La Habana, no tienen ese olor a yerba recién cortada, a rocío demorado. La lluvia, aquí, no se queda guardada en pequeños (o enormes!) charcos como en mi ciudad. Se evapora o se escurre entre el asfalto gracias a la física aplicada que nos deja sin la opción de mojarnos los zapatos cuando caminamos sobre ella (si es que aún queda algún ser humano que camine en esta ciudad).

Mirar la lluvia a través de los grandes cristales que pueblan Miami deja de ser un acto romántico o nostálgico, en esta ciudad apenas tenemos tiempo para esos estados. Ver la lluvia aquí es un pensar cómo llegar al auto sin mojarnos, un preguntarse cuánto tiempo me tomará llegar a casa en medio de un tráfico enlentecido por el agua y los accidentes.

Estos días en los que la lluvia se va estrenando, demorada, entre nosotros, me recuerda esos otros en los que el agua que nos bendecía desde el cielo era un pretexto para amontonarnos, decenas de personas, bajo un escaso techo de parada de ómnibus o para compartir, junto a desconocidos, la intimidad de un portal de casa ajeno.

Me recuerdan el sonido de mis zapatos encharcados, las huellas que dejaban en el piso verde y blanco de mi casa y ese andar de prisa hasta el baño para quitarnos el agua de lluvia de encima.

Hace mucho que no me baño en un aguacero, ni siquiera en las primeras aguas de mayo, esas a las que la superstición (y nuestras abuelas) le atribuyen buena suerte. Creo que nunca más lo haré. Esta no es una ciudad para ese tipo de gestos espontáneos.