Sin estrellas

Este cielo de Miami parece huérfano de estrellas. Es una enorme mancha negra sobre nuestros techos. Esos pequeños punticos de luz lo han abandonado. Se han ido sigilosamente, como muchos de los sueños que nos trajimos cuando nos salimos de nuestros países.

Aunque solo sean gigantescas piedras manchadas de luz a millones de kilómetros de nosotros, las siento necesarias. Creo que sin ellas, voy perdiendo un poquito de esa historia que les confié y que no encontraré en ningún otro sitio.

En ellas puse ilusiones, seres queridos, suspiros, gritos, poesías… Son como el almacén privado de muchas de mis emociones, esas que he ido guardando celosamente cada día. Ahora, sin las estrellas para guiarme, he perdido la llave de ese almacén sin remedio.

Conste que no soy de esos románticos que andaban mirando al cielo mientras caminaba cada noche en La Habana. El estado de las calles y las aceras de mi ciudad me hubiera dejado severas marcas en mi rostro.

Las estrellas guardan una parte importante de lo que soy y por eso las necesito. Sin ellas siento que voy perdiendo poco a poco a la persona que fui, esa que no quiero abandonar, la que quiero que se quede, caprichosamente, tan cerca como pueda y que vigile a esta otra en la que me estoy convirtiendo sin remedio.

De cualquier manera el cielo de Miami no tiene estrellas. Por más que las busco no puedo verlas. Apenas si se asoma la luna una que otra noche para dejarnos saber que, lo que tenemos sobre nosotros, no es un inmenso hueco oscuro.

Necesito esas pequeñas lamparitas que cuelgan del cielo y que nos dan ilusión de luz cuando todo oscurece tenebrosamente. Necesito encontrarlas. Me urge verlas.