Anillo

La memoria puede ser traicionera a veces. En ocasiones olvidamos gestos, personas y lugares que durante algún tiempo significaron mucho para nosotros. Creo que por eso usamos esas palancas que nos ayudan a desenterrar los recuerdos de vez en cuando.

Usamos las fotos, los perfumes, los videos, los regalos y hasta esas simples notas que dejamos sobre la mesa y que, pasados los anos, se convierten en un preciado tesoro de la cotidianidad.

La memoria puede ser traicionera, a veces. Sobre todo cuando la ubicamos en el lugar incorrecto. Cuando intentamos guardar las cosas y no los gestos, los perfumes y no los olores, los lugares y no las emociones que vivimos en ellos.

Este fin de semana me hicieron uno de esos regalos que no olvidare nunca. Uno que no pretendía otra cosa que dejarme un recuerdo de esos que jamas se olvidan, que se quedan pegados a uno de tal manera que se convierten en nuestra persona.

La memoria puede ser traicionera, a veces, pero jamas me arrebatara este fin de semana. Su mano tocando la mía y dejándole la buenaventura, la esperanza y los deseos de estar juntos.

Haciendolo todo de la manera mas simple, sin rebuscamientos, sin cursilerías, sin testigos, como quien hace algo por un instinto totalmente natural, como quien comparte una canción porque no hay palabras en ella que sobren o falten.

Sin filosofías ni retóricas, sin grandes gestos, sin hincarse ni ponerse las manos en el pecho, sin promesas tontas, sin juramentos absurdos. Así llego a mis manos mi primer anillo, sin otro compromiso que el de estar juntos mientras sintámos que es nuestro estado natural.

En esta época en la que los juramentos, las promesas y hasta los compromisos están pasados de moda, ese puntico verde que brilla desde uno de mis dedos me deja saber que no estoy solo, que alguien mas me esta regalando sonrisas, aire, vida y, sobre todo, esperanzas.

La memoria puede ser traicionera pero no lo será esta vez. No podrá serlo porque esa sensación, de su mano acomodando un anillo en mi dedo, no le pertenece, se quedo conmigo, guardada en un lugar intimo, protegida de todo lo que la pueda borrar, arañar o, simplemente, lastimar.

Volveré a ella siempre, repetiré el momento una y otra vez, como esos comerciales que nos recuerdan que la vida es bella, cómoda, placentera y, sobre todo, que nosotros nos la merecemos tal y como se nos dibuja.