Tres vueltas a la ceiba

Esta fecha siempre me recuerda a mi abuela. Mucho antes de que el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, hiciera todo el trabajo de restauración que le ha regalado a la Habana Vieja  ese aspecto de Disneyworld  colonial, solía recorrer los museos de aquella parte de la ciudad de la mano de mi abuela.

En su voz fue la primera vez que escuché sobre el 16 de noviembre y aquella tradición que luego de los años 90 tomara tanto furor en los cubanos, darle tres vueltas a la ceiba en donde, supuestamente, se ofició la primera misa fundacional de la ciudad, y lanzar unas monedas en sus raíces, podría cumplirte cualquier deseo.

Cuando hacíamos aquel recorrido allá en los años 80 apenas se hablaba de ello, no había miles de personas como seguramente hubo este 16 noviembre rodeando la ceiba, no se pronunciaban pomposos discursos ni se transmitían en vivo para la televisión nacional programas especiales.

La tradición había quedado enterrada y solo la crisis del famoso Período Especial hizo que renaciera. Los cubanos buscamos en todos los sitios algo en lo que creer luego de que aquel mito del socialismo soviético se derritiera junto con la nieve de Moscú en aquel inicio de la década de los 90.

La ceiba siempre estuvo ahí, las historias de las abuelas estoy seguro que también, pero en algún momento la gente dejó de pedir deseos, les hicieron creer que solo obtendrían lo que consiguieran con sus propias manos. Lo triste fue que luego de tener las manos viejas y cansadas descubrieron que no obtendrían mucho más de lo que ya tenían y, en cambio, habían perdido su fe.

Las personas necesitamos algo en lo que creer pero a veces se nos olvida. No he visto ceibas en Miami pero estoy seguro de que debe haber en algún sitio. Cuando encuentre una, cerraré los ojos, extenderé mi mano, como cuando era un niño y me apoyaba en la de mi abuela para no caerme si tropezaba con las raíces del árbol, daré las tres vueltas y, si tengo algunas monedas, las lanzaré.

No será aquella ceiba histórica y probablemente no estará rodeada por fuentes centenarias, pero cuando cierre mis ojos escucharé el sonido del agua y cuando extienda mi mano sentiré la suavidad de la mano de mi abuela. Entonces, y solo por esos escasos segundos, regresaré a La Habana, la ciudad que, como buena madre, me vio nacer, me crió y luego me ayudó a encontrar mi propio camino, lejos de sus faldas.