Descubrirnos

A veces es mejor callar, más no siempre. Hay secretos que comienzan como un cosquilleo en el estómago y terminan carcomiéndonos de adentro hacia afuera. Cuando nos damos cuenta, el reflejo que nos devuelve el espejo es una máscara irreconocible, invisible para los otros, pero palpable para nosotros.

¿Cuándo una verdad se convierte en uno de esos secretos ácidos? ¿Cuándo la vida deja de ser disfrutable para convertirse en una paranoia de ojos vigilantes, en un sucesivo esconderse de la verdad que, por más distancia que tomemos, siempre se nos pega como una sombra al atardecer?

No creo que exista un momento justo que marque la conversión, de la verdad, en secreto. Depende de que tanto nos empeñemos en guardarla, de cuanto nos avergüence esa certeza, de cuanto nos preocupe lo que pensaría el otro si la descubriera.

Vivir la vida como un libro abierto tampoco es recomendable. No todos los que se nos acercan merecen hojear nuestras páginas, debemos guardar las mejores para quienes sean capaces de apreciarlas. Aun así, esconderse tras la máscara perfecta es aún más dañino.

Nunca sabremos quien pudiera enamorarse realmente de lo que somos en verdad. Si no nos damos (y le damos) la oportunidad de conocer a la persona detrás de la careta, nunca sabremos que tanto puede querernos por lo que realmente somos.

Nada hay mejor que escuchar un “te quiero” luego de que alguien nos ha descubierto. Cuando ya no nos quedan máscaras por quitarnos, cuando solo somos un par de ojos expectantes y una bolsa con una carga desorganizada de virtudes y defectos.

Entonces, amigos, la vida se hace clara y luminosa, el reflejo del espejo nos sonríe desde el otro lado y ya no nos importarán las máscaras que nos puedan seducir con su perfección. En ese momento solo importa que alguien ha logrado descubrirnos y que nosotros le (nos) dimos la oportunidad.