Agua

Una vez escuché que cada gota del agua que tenemos en la Tierra, ahora mismo, está ahí desde los tiempos en que el planeta era un amasijo sin forma, sin color y sin temperatura. De ella surgieron la vida, los primeros animales y las primeras plantas.

Ha sido un ciclo que no termina y que ha hecho que, probablemente la que bebemos hoy, fuese bebida hace millones de años por los dinosaurios y por quién sabe cuántos animales más que ni siquiera tenemos idea de que existieron.

Si seguimos pensándolo bien es casi seguro que alguien hoy se esté bañando en la misma agua en que lo hicieran siglos atrás grandes personajes de la historia como Jesús, Da Vinci, Cervantes, Martí. Ella tiene esa eternidad que muchos han ambicionado, pero para conseguirla ha sabido transformarse y moverse a cada instante.

Oportunamente ha cambiado la dureza del hielo por la suavidad aparente de la nube, del río a la lluvia que nos regala la trampa del arcoíris, del casi invisible vapor de agua al ensordecedor estruendo de las cataratas y, de ahí, a la calmada tranquilidad de los manantiales subterráneos. Ha sabido camuflajearse durante milenios y siempre ha sido la misma. Ha tenido esa dualidad única que le descubriera una poetisa cubana de ser fugitiva y eterna.

Puede ser transparente y cristalina o reflejar el color que prefiera, sabe ser suave, sólida, esponjada, dulce, salada, amarga según le corresponda, pero también ha aprendido a ser humilde y pasar inadvertida como cuando, justo antes del amanecer, se deja caer como rocío sobre todos sin que apenas nos demos cuenta.

¿Tendrá algo que enseñarnos? ¿Conseguiremos nosotros aprender algo de este constante juego del agua? ¿Será que en algunos momentos debemos ser témpano de hielo y en otros un brochazo de colores simulado en el cielo? ¿Lograremos, alguna vez y en el instante justo, tener la fuerza de las cataratas, la ingenuidad de las nubes o la paz de los manantiales?