Fantasías

Para un amigo que corrió detrás de una de ellas.

Las fantasías nos acompañan desde niños. Nos hacen soñar, ilusionarnos, imaginarnos nuevos mundos. A través de ellas viajamos a la luna, rescatamos princesas en altas torres de castillos embrujados o conjuramos hechizos contra los malos que nos roban el sueño.

Crecemos y las fantasías se  vienen con nosotros, crecen junto con nosotros. Ya no nos alcanza con rescatar a la princesa, ahora le robamos un beso y nos la llevamos al viaje a la luna y, a pesar de que nos siguen quitando el sueño de otra manera, los hechizos ya no son para alejar a los malos sino para acercarlos tanto como se pueda.

Pero, mientras vamos creciendo, llega el momento de hacer realidad esas ilusiones. Entonces descubrimos que, quizá, la princesa tiene un mal aliento terrible y que llevarla a la luna es mucho más de lo que nuestro bolsillo puede pagar.

Nos damos cuenta de que, por más libros de conjuros que leamos, jamás podremos tener a ese malo que solo nos regala puras noches de insomnio. Es entonces cuando descubrimos la única verdad de las fantasías. No siempre se pueden convertir en realidad y, aun cuando se pudiera, no tendrían el mismo sabor que le imaginamos durante tantos años.

La vida, amigos, es más que cumplir cada tonto sueño que tenemos, más que ir detrás de las absurdas fantasías que nuestra mente nos reserva en sus más húmedos y oscuros rincones.

La vida real, a diferencia de las fantasías, le otorga a cada acto una consecuencia. Una vez que nos lanzamos a cumplirlas, no importa si nos gusta o no, deberemos lidiar con las secuelas que nos deje haber rescatado a la princesa, viajar a la luna y haber atraído al malo para librarnos del insomnio.