Rutina

Abrir los ojos peleando con el sueño que intenta pegarlos. Comprobar que aún no suena la alarma y quedarse dando vueltas en la cama. Intuir, sospechosamente, que el celular sonará con esa combinación de campanas asiáticas y sonido cósmico que elegiste para despertarte cada mañana. Desperezarte como puedes para evitar el molesto sonido. Levantarte de la cama.

Encender la tele y no prestar atención a lo que escuches. Te quedan apenas cuarenta minutos para estar atendiendo clientes en tu trabajo. Tienes mucho por hacer antes de eso. Llegar a la cocina y abrir el refrigerador. Decidirte entre uno u otro jugo, uno u otro queso, uno u otro yogurt. Tomar los primeros que vez y dejar tostando el pan en el horno.

Treinta y cinco minutos para estar frente a los clientes. Correr al baño. Afeitarte aun con el sueño llenándote los ojos. Cepillarte los dientes por primera vez, aun te queda otra más antes de salir. Abrir la ducha para que el agua se caliente tanto que inunde de humo el baño. Solo así entrarás a bañarte.

Correr de vuelta a la cocina. Sacar, como puedas, el pan del horno mientras chorrea el queso derretido. Ponerlo en el plato y correr de regreso a bañarte. Solo te quedan veinte y cinco minutos antes de sonreírle al primer cliente que atiendas hoy.

Bañarte. El último paso antes de despertarte por completo. Hasta ahora todo lo has hecho por pura inercia, intentando sacudirte el sueño que se te pega a los huesos como una mala gripe. Salir de la ducha y marcar tu huella mojada en la alfombra del baño. Pararte frente al espejo. Ya luces mejor.

Mirar el reloj. Solo quedan veinte minutos. Crees que no lo conseguirás. Hoy podrías llegar tarde pero esa no es una opción. Correr, ponerte el uniforme, peinarte como puedas. Dar gracias porque existe el gel y porque el estilo despeinado es aceptado socialmente. Hasta luces cool con ese reguero de pelos brillosos por la gelatina transparente que usas.

Comes tu pan mientras tomas tus cosas. No olvides la billetera, el teléfono y las llaves. Lleva tus dos pomos de agua y el correo que debes poner en el buzón antes de irte. Terminas tu yogurt y corres de nuevo al baño. Cepillas tus dientes por segunda vez y te pones algo de colonia. Te miras por última vez al espejo. No estás tan mal.

Bajas las escaleras y corres hacia el auto. Mientras lo haces, tienes la certeza de que todo esto lo has vivido antes y, lo peor, tienes la firme seguridad de que lo volverás a vivir, una y otra vez, cada día de semana. Necesitas salir de esta rutina. Quizá, uno de estos días, lo consigas.