Apagón

Hoy llegué a casa en medio de un apagón. Me recordó a Cuba, más aún, me recordó mi adolescencia. Aquellos años 90, los que fueron el trampolín que impulsó a muchos hacia afuera de la isla.

Llegar a oscuras me obligó a buscar el mapa de mi hogar, ese que tengo grabado en algún lugar de mi mente y que debería salvarme de los tropezones en situaciones como ésta. El único plano mental que pude encontrar fue el de mi casa en Cuba.

Jugué a abrir las puertas de los cuartos, a descubrir los muebles, a recordar los sonidos de mis pisadas, a encontrar los escalones. Intenté adivinar, al tacto, la textura rugosa de las paredes repelladas con el cemento, traté de descubrir los olores y el murmullo de la calle afuera.

Mientras tropezaba con muebles reales y sacudía el polvo de los imaginarios, hojeé mis libros, acomodé mis gavetas desordenadas, respiré el eterno olor a humedad del patio y repetí el sonido de la inmensa puerta de cristal cerrándose detrás de mí.

Extraño mi casa, esa que es mucho más que La Habana o que Cuba. Esa que escapa al concepto de patria o de país. Extraño la ingenua sensación de seguridad que me ofrecía el gesto de pasarle el seguro a la puerta de la entrada y el olor que desprendían las losas del piso cuando limpiaba.

Me duele extrañar. Me duele doble, por extrañar y por sentir que soy injusto con lo que la vida me premia en estos momentos. Me duele recordar con los ojos aguados algo que ya no existe, mi casa ya no es mi casa.

Recordar es volver a vivir pero a veces, cuando emigramos, recordar es volver a morir.