El que fuí y el que soy

Creo que mi madre intenta descubrir la otra persona que soy. Quiere conocer a toda costa a ese otro más allá del hijo, el hermano o el tío. El hecho de que me quede fuera de casa algunas noches y que luzca un anillo en mi dedo debe haberle dibujado a otra persona distinta a la que veía cada día.

Ella, que no está dispuesta a perderse de nada de lo que pasa en nuestras vidas, se ha leído todos mis post en un par de esas noches en que me quedé fuera. Cerca de ciento cincuenta páginas debieron ser una tarea ardua para sus ojos que comienzan a cansarse, pero ella hizo su trabajo de CSI con ellos.

Lloró con algunos, se sonrió con otros y hubiera preferido no haber leído otros tantos, estoy seguro. La persona que soy se le reveló en cada una de las palabras que comparto con ustedes desde hace tanto tiempo y a las que ella no les había prestado demasiada atención.

Debió haberle sorprendido como ese adolescente eterno, que cree que soy, se le fue envejeciendo con cada oración que leía. Descubrió que no siempre sonrío y que, a pesar de que me divierte mucho hacerme pasar por tal, no soy tan superficial como me dibujo en el papel de hermano del medio entre uno mayor y otro menor.

Sé que se sorprendió con lo que descubrió mientras me leía porque corrió a buscar las primeras cosas que había escrito, hace más de veinte años, y que conservaba guardadas en esos nidos de recuerdos que son las gavetas de su cuarto.

Hojeó aquellos papeles viejos y, probablemente, comparó a aquel adolescente de hace más de dos décadas con esta persona que soy ahora. Puso esos papeles sobre mi mesa de noche y aún están ahí. No sé si lo hizo para que recordara quien fui o para deshacerse de ese que guardaba y que ya se ha convertido en otro.

Leeré de nuevo cada papel estrujado, me reencontraré con ese chiquillo autosuficiente y pretencioso que dejé de ver hace mucho. Sonreiré con la ingenuidad de aquellos primeros poemas y me divertiré con las soluciones que le di a aquellos cuentos.

Quizá, si tengo suerte, descubra que no hubo saltos entre aquel y éste. Que aún me queda algo de ese chiquillo y que, en él, ya estaba sembrada la semilla de éste que soy hoy. Quizá, si tengo mucha suerte, mi madre también haya descubierto eso y se le borrará esa angustiosa sensación de que he cambiado tanto al punto de no reconocerme ni siquiera en lo que escribo.