Él

Él intenta soñar con un mundo en donde se pueda controlar hasta cuando recibir los abrazos. Desea que los pequeños pedazos de vida que le regalan esos brazos sean tan precisos como las alarmas que le da su teléfono celular para levantarse cada mañana.

Él no cree que la vida puede ir pasando mientras se empeña en controlar el cómo, el cuándo y el dónde. A su edad no se piensa en que la vida pasa. Se siente poderoso por el simple hecho de fiscalizar esos momentos en los que se siente vivo y querido.

Piensa que esos brazos, esa luna y ese inmenso olor a campo recién amanecido, que siempre los rodea cuando están juntos, estarán eternamente ahí, esperando por él.

No sabe que, como mismo la luna se despide cada amanecer – casi justo cuando suena la alarma de su teléfono celular – y el olor a campo recién amanecido se evapora cuando comienzan a calentar los primeros rayos del sol, esos brazos – uno de estos días – se cansarán de esperar extendidos.

Esa posición – la de extender los brazos – puede ser fatigosa si no se encuentra pronto dónde reposarlos. La luna quizá no sea tan buena compañera cuando no se tiene con quién compartirla y el olor del campo al amanecer no es tan agradable cuando te sorprende esperando por alguien.

De cualquier manera él tiene sus sueños y nadie va a arrebatárselos tan fácilmente. Puede que su experiencia con los abrazos no sea mucha pero si sabe muy bien como agarrar hasta la última gota de sus sueños, esos que hasta hoy le hacen creer que la vida es tan controlable como las alarmas de su teléfono celular.