Caridad



Nadie sabe exactamente cuando nació pero todos coinciden en que tres obreros la vieron por primera vez un 8 de septiembre de 1612, mientras flotaba en una bahía oriental cubana. Definitivamente era una imagen de la Virgen María, pero en la tablilla en la que flotaba especificaba su nombre para que no quedaran dudas: “Yo soy la Virgen de la Caridad”.

Nació un 8 de septiembre de 1918, en la Habana. Era todo lo contrario a la imagen que rodea una Virgen. Negra, pobre y de una familia numerosa. La antigua costumbre de ponerle el nombre al niño dependiendo del santo que gobernara su fecha de nacimiento hizo que lo compartiera con la patrona de Cuba: Caridad.

Les enseñó a los hijos de su tierra, los valores y lo que significaba ser cubanos, los educó en el amor a la libertad y el respeto, los convirtió en mambises. Muchos de los principales jefes de la insurrección cubana contra España, encomendaron sus destinos a la Virgen que, desde aquel momento, se convirtió también en la Virgen Mambisa.

Sus escasos estudios apenas le alcanzaron para encaminar a un hijo cierto y una asumida como tal. Hizo de los dos, personas de bien y con valores marcados por una ética y un respeto hacia el ser humano. Los enseñó a amar la libertad, pero no esa grande y pura que simboliza la paloma blanca, sino la otra, aquella que te enseña a descubrir el camino del bien y que te ayuda a crecer en la vida.

Supo esconderse, camuflarse y convertirse en Oshún, cuando sus otros hijos fueron traídos desde tan lejos a morir en tierra cubana. Vestida con trajes amarillos y con movimientos sensuales les enseñó a amar la nueva tierra que los acogería y a soportar los tormentos de una vida en cautiverio. Ellos, le regalaron el girasol y la miel como ofrenda por la esperanza dada en los años negros de la esclavitud.

Nunca se escondió, pero supo disfrazar los malos tragos con la alegría del baile y la fiesta. Pocas veces vistió de amarillo y casi nunca usó collares. Nos enseñó a amar los suyos que siempre fueron los nuestros, el dulce de coco perfumado con anís, la miel comida con el panal dentro y las comidas en familia. Nosotros le regalamos alguna lágrima y un girasol enorme escondido detrás de cada diploma de escuela que obteníamos.

Ha estado con los cubanos casi desde que descubrimos que lo somos. Es difícil hablar de Cuba sin mencionarla a ella. Decenas de miles de milagros se le atribuyen, pero el principal ha sido haber mantenido unidos frente a ella a todos los cubanos, criaturas difíciles, intolerantes y poco dadas a la adoración. No importa si no conocemos su oración, si nunca hemos ido a su casa de El Cobre, si entre el trajín diario se nos olvida su cumpleaños o si le llamamos “Caridad” “Cachita” “Oshun” o “madrecita”. Cuando vamos a ella solo somos sus hijos y como tal nos guía y nos protege.

Solo estuvo aquí por noventa años. Hace poco más de doce meses que no tengo a mi abuela Caridad conmigo. Ella era el puente que unía las dos partes de mi familia, la paterna y la materna. Estuvo siempre pendiente de ayudar al otro y de que nosotros lo hiciéramos también. Nos enseñó el respeto y el amor por las cosas simples y a nunca separar la palabra “abuela” de su nombre “Caridad”. Este 8 de septiembre también es su cumpleaños y sé que, de alguna manera, siempre está con nosotros, nos guía y nos protege.